Los más auténticos Estadillanos

¿Puede haber alguien más estadillano que aquel que, habiendo nacido en Estadilla hace muchas décadas, hunde sus raíces en tierra estadillana, de la que jamás se ha movido, y por cuyas venas corren esencias de otros seres estadillanos que le precedieron?

Un ser así no es un estadillano más, sino un ser absolutamente característico y definitorio. Tanto que forma parte del paisaje.

Me estoy refiriendo, al árbol y al arbusto, que además de lo anterior, matizan nuestro clima y exhalan el aire que respiramos los demás.

Ellos y las plantas en general, son el soporte de la vida aquí como en cualquier otro lugar.

Ellos están en la base de la pirámide ecológica. Constituyen los cimientos del complejo edificio de la vida. Y estos cimientos muestran signos de debilidad que, si apreciamos en algo aquella, no podemos obviar.

Podéis pensar que es puro alarmismo, pero ningún edificio se sostiene en pié si se desmorona su base. Buena parte de los animales que figuraban en la cúspide están próximos a su total desaparición, como desaparecieron los grandes depredadores, algunos de los cuales se intenta reintroducir o conservar artificialmente, aunque en la práctica resulte problemático, de modo simbólico, como esa piedra espanta-brujas que remata graciosamente el tejado conjurando los males que puedan afectar a la casa.

No nos engañemos, esta casa presenta serios signos de ruina. Señales que no pueden pasar desapercibidas a quienes, como yo, hemos recorrido nuestra querida sierra respirando olor a tierra mojada y resina de caixigos y carrascas en frondoso esplendor, saciando la sed en las diversas fuentes que la salpicaban. Señales que no se pueden exorcizar con pequeños detalles, para convencernos de que aquí no pasa nada. El crecimiento exponencial de la producción de bióxido de carbono, consecuencia de la actividad humana fue contenido desde mediados hasta finales del siglo pasado, por la regeneración espontánea de la cubierta vegetal que auspició el abandono de vida rural y uso energético de la madera y carbón vegetal. Pero a juzgar por el aspecto decadente de nuestros bosques, causa y efecto de la pujanza del bióxido de carbono atmosférico y consecuente elevación térmica en la última década, parece obvio hacia qué lado se inclina la batalla. O cambiamos ya, o la realidad nos quitará de en medio por mucho que recurramos a valores seguros como el oro. ¿Alguien se ha preguntado cuánto valen los recursos minerales de Venus, nuestro planeta gemelo, absolutamente inexplotados? ¿Su oro, su uranio…? Están allí esperando que alguien se los lleve calentitos. Entre los cuatrocientos y los quinientos grados centígrados, para mayor concreción, que le proporciona a la superficie del planeta, por efecto invernadero, su atmósfera atiborrada de vapor de agua, amoníaco y bióxido de carbono.

Reduciendo drásticamente estos últimos, la temperatura descendería a niveles asequibles para la vida, y el agua en forma líquida alcanzaría un volumen igual o superior al de nuestro planeta azul.

No estoy proponiendo el dislate de conseguir que Venus sea habitable, sino alertando sobre nuestro empecinamiento en que la Tierra deje de serlo.

Einstein tuvo claro, hace casi medio siglo, que el calentamiento global era la mayor amenaza para nuestra supervivencia. Yo no tengo una mente privilegiada. No Intuí dicho cambio hasta los ochenta, a partir de datos climáticos locales y aún tardé algunos años en vislumbrar la magnitud del problema. Pero tampoco nos hagamos ilusiones. Cuando me pongo a analizar, parafraseando a un personaje local, me temo que suelo estar asquerosamente sobrio.

Este no es un problema teológico u económico advertido y dilucidado por sesudos teólogos o analistas de Wall Street. No pertenece al terreno de lo ideológico u especulativo, sino de lo perentorio.

Si apreciamos la existencia, no ya de nuestros hijos, sino la propia, no podemos esperar a que unos congéneres harto condicionados y enmarañados en intrincadas luchas de poder nos resuelvan el problema. Son parte del mismo, la más implicada pero no más decisiva. Son tan sólo la guinda del pastel que nosotros amasamos. No desperdiciemos un minuto en atender sus inextricables intereses, o entrar al trapo de las necesidades y valores que nos postulan. No los utilicemos como coartada para no actuar. No escurramos el bulto con la pretensión de que los de abajo somos insignificantes, cuando sabemos bien que aguantamos el andamiaje y que el más prescindible es el que está más arriba. Sabemos que el de arriba depende del de abajo y no al revés como no puede sobrevivir el león al último herbívoro, ni tampoco éste a la última brizna de hierba.

Cambiemos radicalmente nuestros hábitos de consumo. Reduzcamos severamente nuestra dependencia de los combustibles, nuestra adicción a producir C O2. Reencontrémonos con el frío, el calor, el esfuerzo físico… Reconciliémonos en definitiva con la vida que está hecha de esas sensaciones y contrastes, y con los seres que la hacen posible. En especial con esos gigantes bondadosos que replican al aullido del viento con un suave susurro, mitigando su airado empuje. Que soportan el inclemente sol matizándolo con su sombra. Que refrenan el ímpetu erosivo de las torrenciales aguas, con sus robustos troncos, protegiendo incondicionalmente la tierra sobre la que nacen y mueren de pie sin una sola queja, sin un reproche; exhalando, hasta el último aliento de su vida, el oxígeno que precisamos para la nuestra.

La tecnología humana está tan lejos de sustituirlos como de lograr el elixir de la eterna juventud. Cambiemos nuestros hábitos ya. No lo podemos dejar para mañana porque Dios perdona siempre, el hombre a veces pero la naturaleza nunca.

MIGUEL ÁNGEL BALLARÍN

Anuncios

One response to “Los más auténticos Estadillanos

  • Xavier Bayle

    Uy, !qué bien!, me encanta. Quisiera añadir que el consumo de carne deforesta 30.000 hectáreas de bosque tropical cada DÍA. Que dos terceras partes del suelo arable del mundo está destinado a cría de animales de ¨consumo¨. O que el metano emitido por las vacas es responsable del 18 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero en el planeta. hay muchos más datos sobre el tema, pero hay qye irlos digiriendo poco a poco. El ecólogo, para serlo, debe renunciar la carne. Hala, ya podéis escandalizaros 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: