Otoños en la Carrodilla (I)

Particularmente me gusta el otoño, de punta a punta, encuentro que es la estación más esplendorosa de los paisajes, son semanas de calidoscopia en las hojas, es tiempo de setas, de cotejar el calibre de la oliva, de varearla en algunas regiones en autumnal tardío, es tiempo de que la tierra y los vegetales expulsen el agua ( al contrario que en primavera, que la absorben ), con la estrategia de no tener almacenada demasiada en caso de heladas hivernales, son días de que ciertos mamíferos vayan pensando en encamar, de que las aves se angustien por la falta paulatina de alimento, de que ciertos árboles renuncien a sus hojas para sobrellevar mejor las carencias de la temporada fría. La naturaleza es sabia. Me gusta el otoño porque quedan aún verduras en la huerta, flores en algunas plantas, suele llover, hace fresco y frío y nostálgia bajo polícromas puestas de sol que dejan a la altura de principiantes a Renoir, a Turner, a Van Gogh y a todas las peliculas de Hollywood. Me gusta aspirar el olor de la leña quemándose en las estufas del pueblo, librando al viento combustiones de resina, dulce y aromática, caminar callizos desiertos escuchando un perro ladrar en una era y a otro contestarle tres eras allá.

Es un gustazo regresar a Estadilla en otoño, cuando la fiebre calcinante del verano deja paso a colchas de niebla limítrofes al silencio, en escenarios serranos que quitan el aliento, cuando todo parece que duerme y que recula, pero que solamente se reposa cara al invierno, tomando carrerilla para el emerger de primavera. La Sierra de la Carrodilla se pinta de tonos pardos y verdes opacos, flor tímida de romero revitalizada con las lluvias, sabinas y enebros cargados de fruta, musgos exhuberantes en las ubagas, soles anaranjados, nubes densas atenuando las luces. Los macizos calizos de Palomera y los cerros colindantes aparentan lejanos e inabarcables, graves y milenarios, vestidos de una solemnidad que la gente humilde envidiamos, hay algo superior en esos paisajes, algo sobrecogedor que incita al respeto. He paseado ese otoño carrodillo durante unos dias y me bastaron esos paseos para reafirmarme aún más en que hay que cuidar ese regalo que nos fue otorgado, saberlo atesorar. Un atardecer hubo un halcón intentando atrapar un mirlo, una bandada de perdices, otro día un encuentro con el quebrantahuesos, magnífico, impresionante, con montones de buitres inquietos y varias rapaces, huellas de jabalíes, sabinas altísimas, cientos de carrascas germinadas a los pies de su madre, flores ocultas de colores discretos y sobretodo humedad en el aire. Setas, muchas setas, no todas comestibles, ¡ ojo ! pero todas hermosas en su unicidad. En un paseo recogí casi quince kilos de boletos, con los que hice un paté de setas exquisito y repartí entre familia y amigas. En la ruta monte arriba me estorbaron como siempre las torres de planeada electricidad ajena, chatarras verticales, presentido moridero de carroñeras y de águilas…

No llevé todo el equipo fotográfico en mis excursiones por la sierra hace unas semanas, la fotografía es la medida de la identidad de la luz pero tiene límites: no capta el aleteo de los cuervos, el sonido del silencio, el olor de la tierra o el espliego ni la textura de la piedra manuscrita por el agua y revelando distintos tonos de veta. La tecnología es ciencia y la ciencia no es la respuesta, sino eventualmente “una” respuesta, hay sentimientos más allá de la ciencia, pero muy cercanos a la naturaleza. Conviene no ser temerarias con lo frágil, aplicando un principio de cautela a la hora de relacionarnos con la naturaleza y sus criaturas: nos va el futuro en ello.

Beber y respirar al mismo tiempo no se puede hacer, porque nos asfixiamos, esto de un modo instintivo -mecánico, si atendemos a Descartes-, lo asimilamos y aprendemos. No se puede destruir algo y pretender conservarlo, no se puede hacer y además es imposible, es doble moral, y falso. La conservación de los bienes naturales y tratar de rentabilizarlos de modo sostenible deben ser prioritarios, de otro modo España no se muere, damas y caballeros, sino que la estamos matando. Aplicando el progreso de hormigonera, recalificación de suelos y expolio, condenamos aún más a los pueblos oscenses, como el tiro de gracia de las fusiladas. El ser humano tiene demasiado poder y por supuesto no ha comprendido ni el acento inicial de la palabra ética, nos creemos tan especiales y superiores que estamos convencidos de no estar sujetos a las leyes de la naturaleza sino a las leyes de mercado, valiente simplería.

Me da por pensar que todo aquello que no es eco-lógico es eco-insensato, o, en el mejor de los casos,

“ecoilógico”. A la gente que discurre con el portamonedas, la palabra ecología les suena a norcoreano, parece alguna modernez de la ciudad, algo importado de la Conchinchina, sin embargo es un sistema económico, político, cultural del planeta que sucede desde hace millones de años -y que sólo gracias a él pervivimos-. Las eras glaciales, los cataclismos magmáticos y los movimientos tectónicos…, fueron cambios necesarios, previstos y calculados al milímetro, cada muerte era el preludio de una nueva disposición del mobiliario natural, y los procesos de remodelación del paisaje duraban siglos, milenios, pariendo nuevas especies que se complementaban con las existentes, tanto del reino animal como vegetal. Todo funcionó más o menos así hasta la era de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, cuando de un modo depredador el ser humano empezó a pensar en la el mundo como un recurso inagotable, y el suelo dejó de ser suelo fértil en nuestras lecturas de los que nos rodeaba para convertirse en una inmensa maceta donde sobreexplotar superproducción de alimentos, y el agua dejó de ser agua para ser líquido refrigerador de plantas nucleares, y las montañas pasaron a ser vetas inmensas de metales y material de construcción, y los animales dejaron de tener intereses, libertad y vida propia, para atiborrar a las cada vez más panzudas personitas, -prueba de ello fueron los 40 millones de bisontes norteamericanos asesinados para la construcción del ferrocarril-. El espíritu de la Revolución Industrial se fagocitó a sí mismo en los países más ecoilógicos del mundo, y creo una sociedad ciega a sus orígenes, obcecada en seguir un patrón de conducta erróneo en su planteamiento, para mantenerlo tozudamente incluso en condiciones menos propícias, pues los recursos se están agotando y la tierra empieza a estar harta de nosotras.

Otro buen ejemplo de “ecoilogía” podría ser -ya antes, hace cinco siglos-, la plantación masiva e irresponsable de pinos en la península durante la invasión a América ( motivada por la perentoria urgencia de madera para construcción de barcos con los que ir a robar y matar a Las Indias ), que desplazó irreversiblemente la abundancia de arboleda de especie autóctona. Pero seguramente podríamos citar otras tristemente abundantes intervenciones en macro y microecosistemas ni más ni menos importantes que la Sierra de la Carrodilla, que pueden alterar un equilibrio perfecto, además de ser puerta para invasiones posteriores, …hasta que convirtamos Aragón en tierra quemada si nos empeñamos, con pequeñas islas semisalvajes como Sierra de Guara o Monteperdido.

La alcaldesa de Peralta de Calasanz afirma que una cantera, según los dictados de -por cierto ya demostrada ilícita e ilegal-, empresa Jetprom S.A., está bien recibida en su término municipal, adornando tales afirmaciones con términos del tipo “proyecto”, “pionera”, “investigación” y no contenta con tales afirmaciones, además menta la supervivencia económica del pueblo, probablemente referida a la cuantiosa cifra monetaria que tal explotación dejaría en la villa, la cual es mucho más que dudosa. Soberbias palabras que ciertos sectores de la población seguramente acogerán sin escepticismo y casi con agrado, pero que no hacen sino disturbar a las que apostamos por la ecología ( la lógica de la casa ), que no acepta los daños colaterales de escombreras ilegales, destrucción de flora autóctona, polvo y ruido, posible sepultamiento de venas acuíferas y otras complicaciones que irían surgiendo en caso de ser viable el descabellado “proyecto” de la cantera minera.

La Sierra de la Carrodilla tiene zonas bellísimas geológicamente, de un modo más sutíl en la zona estadillana o foncense, y más espectaculares en Olvena, pero las tres forman parte de un todo zoológico, floral y geológico, con muchas posibilidades más atractivas y respetuosas que la perspectiva de llevarse el paisaje mutilándolo. Los ayuntamientos favorables a este tipo de actuaciones agresivas con el entorno manifiestan una flagrante incompetencia y cortedad de miras a la hora de conservar el patrimonio, que no es sólo de las “dueñas” de los terrenos amenazados, sino del equilibrio vital y del futuro de las que “han decidido quedarse”, pues gestionado de modo coherente sería más productivo. En estos escenarios de miopía ecológica y ante el panorama de la crisis amenazando reducir las subvenciones de las que sobrevive el agro, es hora de respuestas alternativas y creativas, otro modo de enfocar el mundo rural, nuevos puntos de vista valientes, rentables y éticos. Quizás es hora de mirar menos hacia arriba y volver a reconciliarse con la tierra, al fin y al cabo de ahí procedemos.

Xavier Bayle

La Sierra

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