El Caballo de Atila

Cuenta la historia que Atila, rey de los hunos y bestia negra del Imperio romano, que llegó acopiar en sus dominios buena parte de Centro-Europa, dijo amenazante: “donde pisa mi caballo, no vuelve a crecer la hierba”. Cierto es que por estrategia guerrera al uso de la época se incendiaron cosechas, se devastaron bosques… por parte de los “hunos” y los “otros”. Tan cierto como que su amenaza jamás se cumplió y las fértiles praderas de Europa Central, reverdecen cada primavera bajo el estallido de florales colores y aromas de la vida que se renueva constantemente, sin que tan siquiera un pequeño rastro yermo haya podido conducir jamás a su secreta tumba. Es más, muchos otros dueños y señores tuvo la convulsa historia Europea plagada de hechos terribles y guerras devastadoras, sin impedir hasta el momento que la vida siga con su fulgurante color esperanza.

Pero he aquí que con el devenir del tiempo la amenaza de aquel orgulloso rey se ha hecho realidad en forma de modernas máquinas excavadoras que descarnan la tierra a cielo abierto hasta dejar tan sólo de ella esa blanco-grisácea osamenta donde nada puede ya crecer ni crecerá jamás.

Nuestro planeta, esa mota de polvo en el Universo, atesora en su epidermis, los únicos reductos de verdor que conocemos del mismo. Los únicos vestigios universales de organismos capaces de producir materia orgánica y oxígeno molecular, sustento a su vez de todo el entramado de la vida. La biosfera es todo lo que tenemos nuestro máximo bien, la vida.

Esa biosfera está enferma, le salen manchas grisáceas que denuncian necrosis, que como la lepra, van extinguiendo la vida poco a poco. Y el verdor retrocede a los embates de las máquinas y de las sequías extremas u otros devastadores efectos del cambio climático, que ha hecho desaparecer a fecha de hoy más poblaciones y generado más desplazados de los que ninguna guerra ocasionó jamás.

No me considero un ecologista tópico empeñado en salvar al loro en un Titánic anegado, ni concibo que la preservación de la vida se pueda hacer sin sacrificio por nuestra parte, sino a costa de cambiar nuestros hábitos de vida y retroceder donde sea necesario.

-Doctor me dice usted que renuncie a los banquetes y a los manjares que más me gustan. ¡Quiero alternativas!

El doctor le señala al paciente, a través de la ventana, la calle que conduce al camposanto.

No es mi intención hablar ahora de alternativas (se me ocurren unas cuantas). Existen muchas alternativas a la vida, pero todas están en la vida misma.

Tampoco apelo al ecologismo devaluado por la calculada maledicencia de los unos o el mal ejemplo de los otros.

Apelo simple y llanamente al instinto de supervivencia. No nos andemos con componendas de esto es poca cosa aquí cabe sin problemas una canterita o por un día que me dé un atracón no pasa nada. O, como esto no se cura, tomémoslo relajadamente. Cumplamos la legalidad y el protocolo pertinentes. ¿Estamos en la fiesta?, ¡luego comamos!.

Los cementerios están llenos de gente que acortó la duración y calidad de su vida por no afrontar el sacrificio ni contemplar alternativas, pues somos especialistas en mirar para otro lado. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y el mundo está lleno de ellos hasta tal punto de que Homero, que sí quería, resultó un gran visionario, retratando como nadie a las gentes de su tiempo. Un tiempo en el que se incineraba a los prohombres sellando sus ojos con sendas monedas. Práctica desusada en la actualidad y por demás ociosa, habida cuenta de que al llegar su hora hace ya mucho tiempo que el interfecto no ha visto otra cosa.

Que nadie se engañe. La sierra de la Carrodilla es una pequeñísima parte de la epidermis viva del planeta, a la que estimo y creo conocer bien, y abarca una distancia escueta pero no insignificante. No hay distancias insignificantes ni actos banales porque el más largo camino se recorre tras el primer paso.

La desigual batalla que se libra por conservarla, y que me evoca el argumento de Astérix el galo, no es sino una más, casi invisible, un pequeño paso en una incierta dirección, en esta guerra abierta por la conservación de la vida, o con otras palabras, por la supervivencia.

Supervivencia como estadillanos, en tanto que esta sierra constituye una importante seña de identidad y activo de futuro, además de ser responsable de fenómenos cársticos que dan lugar a las dos fuentes del pueblo, responsables de su nacimiento. Eran otros tiempos. Está la técnica, el canal… En aras de la tan pretendida rentabilidad económica ¿se bombearían los tan requeridos y productivos caudales tan arriba para regar huertos, jardines, etc?

No puedo afirmarlo rotundamente, pero tengo fundamentadas razones para sospechar que la inminente actividad extractiva afectaría a las aguas freáticas y también que sin esas fuentes nadie se hubiera establecido en Estadilla hace dos mil años, ni lo hará en el futuro.

Es mucho lo que se pone en juego. Pero confío en esa pequeña comunidad de irreductibles estadillanos que viven felices en un pueblo, recostado sobre la falda de su sagrada sierra que le confiere un microclima especial, y en el momento presente tienen en sus manos, inclinar a su favor esta pequeña batalla por la supervivencia.

MIGUEL ÁNGEL BALLARÍN

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2 responses to “El Caballo de Atila

  • Xavier Bayle

    Inspirador, toca “esos temas”. ¿Habéis oído hablar del decrecimiento?, bueno, pues la sociedad enloqueció y sus síntomas son las segundas residencias, las excavadoras, las megainfraestructuras viales, las granjas industriales, los transgénicos, la voluntad de la ignorancia, el desarraigo, y por supuesto la burla y la frivolidad, la inmensa frivolidad de un ser humano estúpido que en lugar de sanamente suicidarse en silencio lo hace con ruídos que asustan a las aves, arrastrando a los demás a su estúpida muerte, diciéndonos que con su tierra hace lo que le da la gana, como con su mujer y sus hijos. La posesión de la cosas, ese imbécil atributo de la avaricia, el egoismo y el libre mercado. Hay que aprender a ser libre, a ser con y no contra. Saludos.

    • Gil

      Muy buena Miguel Ángel, me ha encantado.

      Hemos hablado largo sobre acuíferos. No soy experto, pero conozco la Sierra y sus fuentes.

      Se habló de las vecinas a la Julia (Piojo, de las Valeras), la Lucía (Pesebré, de la Palleta, Maroz, o por qué no la de los 12 caños del Llavadero, que reciben aguas en barranco Mazas de las cabeceras de Périz, la Val, la Cova y Maroz).

      Otras en puntos intermedios entre Buñero y la Julia (de la Ubaga, Mentirosa). Olvido la fuente de Rosalía en vecindad de Chardiz. Y no hablo de las fuentes Miranda o del Buixo, que creo reciben aguas de las vertientes de Buñero o Siera de Estada (caras norte), que habría de confirmar mediante GPS.

      En cercanías y laderas de Buñero y Sierra de San Salvador (ojo con la nueva Mina), están las fuentes de la Carrasca, la Coveta de l’Aigua y en la ubicación de la Mina (partida de Ardós de Calasanz), señores vecinos de Calasanz, ahí nace el barranco de los Cieguez que va a parar a cabecera del de Mentirosa y de Chardiz (Basa d’Ardós), gran reserva y acopio de acuíferos subterráneos.

      ¿Qué pasó con las fuentes de Palaus, Santacún o Barranco de “Chunquera”, o de Fonz tras la explotación de sus dos canteras?

      Insisto que no soy ningún experto en el tema ni pretendo causar alarma social, sólo que desconozco si se ha hecho algún tipo de estudio de su repercusión en las reservas hídricas subterráneas de lo que supondría este tipo de explotaciones o los trabajos de estudio prospectivo que se están realizando actualmente.

      Ser propietario de unos terrenos o ser vecino de un término municipal u otro no te da la autoridad única a opinar sobre semejante actividad. Esto a propósito de un comentario de un vecino de Calasanz que refería era una intromisión opinar sobre una explotación en Buñero dentro del término municipal vecino.

      Opino que Buñero es Patrimonio de la Sierra y entiendo la Carrodilla como una unidad territorial que está por encima de los municipios.

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