Tierra y paisaje

Hace algunos años ilustré la portada de un disco de música experimental que tenía que contener los cinco elementos, a saber: el Agua, el Fuego, la Tierra, el Aire y el Quinto elemento, el aliento, el éter, lo que los antiguos egipcios denominaban el “Ka”. De los físicos, el fuego fue la salamandra europea, el agua fue un símbolo americano azteca del dios del agua, el aire fue una media luna de las culturas asiáticas…pero cuando llegó el turno a la tierra -en Australia-, encontré que los aborígenes australianos ( personas indisolublemente emparentadas con la tierra ) no tienen sin embargo en sus ideogramas antiguos como el tiempo ninguna representación de la tierra, ninguna. Como el Corán no menciona en ningún momento al camello, porque es tan evidente y presente en la cultura árabe que no hacía falta mencionarlo, así el símbolo de la tierra aborigen debieron ser tres círculos concéntricos: la representación iconográfica del campamento, del lugar donde se vive. La tierra es el lugar donde estamos. Como sólo tenemos una vida y un tiempo para ejercerla, sólo hay una Sierra de la Carrodilla. A un oriundo de Madagascar quizás le trae sin cuidado la Sierra de la Carrodilla, y habrá sin duda cordilleras mejores, las habrá peores, pero esta está aquí, esta es nuestra vecina inmediata y nosotros somos los responsables, nadie más que nosotros. Para destruir la tierra siempre habrá voluntarios, inversores, gente sin escrúpulos, para defenderla hace falta valor, compromiso y voluntad de ser adultos, de ser con la tierra. Voluntad de amar. No os dé vergüenza amar, va con el ADN, no os de vergüenza pelear por lo que amamos porque es lo que da sentido a la vida: más allá de esos márgenes se abre la oscuridad. Más allá del amor se abre la sombra. No importa el pasado, ni siquiera el futuro para defender un paisaje, podemos abogar por la historia de nuestra historia para validar el paisaje, podemos enarbolar el argumento de nuestro porvenir, sociológico, ecológico, económico, histórico y -por qué no- espiritual, para defender la Sierra de la Carrodilla, pero podemos ser pragmáticos y lo debemos ser. El aquí y el ahora de la belleza, la sagrada importancia de su existencia. El aquí y el ahora de la Sierra de la Carrodilla, un paisaje más y… si quieren que sea un paisaje menos, no les va resultar fácil. Vivimos tiempos intranquilos, se cometen crímenes bajo una razón de estado, bajo un pretexto estúpido, bajo un progreso que acaba siendo tristemente económico ( la palabra progreso tiene múltiples vertientes, y no sólo el financiero ), donde el desprecio por lo único importante -lo que perdura: la tierra-, se hace tan tangible y repulsivo que no nos cabe en la boca el vómito. Siento un asco profundo por los violadores de la tierra, soy su enemigo declarado, lo digo bien alto, siento una irreprimible náusea por quienes necios psicópatas creen saber más que millones de años de los movimientos tectónicos y la inabarcable complejidad de la biología, siento pena por aquellos que no comprenden y sienten al mismo tiempo, por los adictos al hormigón y a la cuenta bancaria, siento un hondo desasosiego por esa caricatura de ser humano que tala selvas, nos dice qué hacer y cómo amar ( ¿cuales son los límites del amor? ), horada montes, extingue especies, mata a la vecina, viola al compañero, degenera y nos degenera como especie entre especies. El suicidio del ser humano antropocéntrico solo es comparable a la tristeza inenarrable del ser humano humanista frente a ese mezquino escenario. Eso es lo que nos pasa, tan sencillo: que el torpe protohumano dejó de golpear mujeres y asesinar animales a zarpazos para ponerse corbata y cotizar en bolsa, es el mismo tipo tosco y nauseabundo, que nos habla en el idioma de la mentira, que nos vende ungüentos y bisuterías para arrancarnos a tirones del vientre de la madre, la Gaya, la Pachamama.

Pero sucede que el ser humano completo se muere sin sus raíces, se vuelve como el árbol arrancado sin pan de tierra, dejando en ella los pies y los muñones sangrantes, las radículas, la biografía, entonces le entran los vientos y los soles tórridos por las heridas y acaba tumbado huérfano y agónico. De tanto tratar la tierra como un recurso acabamos sabiendo -un segundo antes de morir- que nosotros somos el recurso de la tierra, y que a ella pertenecemos, y no al revés.

La bagatelización de la lucha en la defensa de la tierra es una histórica constante de la necedad, las enciclopedias no hablan de esa burla porque la historia la escriben los vencedores, aunque los balbuceos de las responsables y sus adlateres duelen pero no perduran. Las comerciantes entran en lo sagrado con sus manos sucias, pisoteando todo, destruyen cuanto tocan, como el infausto rey Midas que se murió de hambre porque incluso la comida se convertía en oro al tocarla, así estos indignos bocetos de ser humano.No nos enseñéis a amar, sabemos más que vosotros. Los corazones de oro son deslumbrantes, pero tienen un defecto: no laten. La tierra no sabe defenderse de la avaricia, ese trabajo lo deben hacer las personas.

 Xavier Bayle .

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One response to “Tierra y paisaje

  • Rosa Soler

    Totalmente de acuerdo. Me sumerjo en la hermosura de tus palabras que expresan tan duramente la realidad, pero al mismo tiempo nos dan un mensaje de esperanza. Gracias por escribir así.

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